Empecé a fumar ya mayor de 20 años, cuando hacerlo era un hábito social bien visto y muchos de mis amigos y amigas de entonces fumaban. Claro, que de eso hace más de 40 años y desde entonces ha llovido lo suyo. Y con los cambios habidos del curso de las torrenteras ahora resulta que fumar es un hábito perverso, un vicio nefando, un atentado social contra la nueva sociedad montada en el decibelio y el bit, pobre de lenguaje (parece que los adjetivos que más se usan entre la gente joven y asimilados son los que comienzan con “super”, “mega” y a veces “supermega” lo-que-sea...) y, por contraste, deseosa de un ambiente puro y limpio sin las miasmas del tabaco otrora balsámicas. Ahora “fumar mata”, advierten las cajetillas de cigarrillos en casi todo el mundo menos en España, donde sólo “puede matar”. En Rusia ni mata ni nada, por ahora.
Los comentarios a mi anterior entrada me han hecho reflexionar, no tanto porque me resultaran novedosos (uno es ya perro viejo), como porque en alguno de ellos asoma la patita la intolerancia, una intolerancia genérica excesivamente extendida, un proteccionismo a ultranza de “MI ENTORNO” contra el de los demás. Y eso, pienso, es más grave que el hecho de fumar pasivamente.
Yo, fumador, nunca he fumado ni fumaré en ambientes protegidos por la ley o en lugares en donde me consta que el humo del tabaco molesta. Es un tanto injusto, pero me aguanto, del mismo modo que tengo que soportar el hedor del sobaco del vecino del metro cuando, por la tarde, volvemos a casa agarrados de la barra; o el penetrante perfume carísimo con que se riegan generosamente algunas damas y caballeros para hacerse notar (por cierto, que los radicales alcohólicos y aromáticos tampoco debe ser nada saludable respirarlos); o el humo de los tubos de escape de los vehículos a motor. A veces se da la curiosa circunstancia en algunas mujeres que conozco, que son furibundas enemigas del tabaco pero se empapan con colonias que detesto. Uno no puede fumar en su presencia pero ha de tragarse las esencias de sus odorizantes camuflando las miasmas. ¡Olé sus tetas! Pero uno es tolerante...
Yo, fumador, nunca echaría a perder una buena amistad por el tabaco. Mientras que para fumar siempre hay tiempo, para cultivar una buena amistad el tiempo es poco. No estigmatizaría a un amigo por ser fumador ni le reprocharía sus fobias tabaquiles si las tuviera. Ejercería la tolerancia...
Los tiempos cambian, las modas cambian, los gustos cambian... Pero la intolerancia es siempre un pecado mortal.
miércoles 1 de julio de 2009
domingo 7 de junio de 2009
La guerra contra los fumadores
Al año se le acaban los días libres para celebrar efemérides. El pasado día 31 de mayo fue el Día Mundial Sin Tabaco. Yo, que soy un fumador vocacional impenitente, no me enteré hasta el día siguiente por una breve noticia dada por la televisión en un noticiario de la mañana mientras saboreaba un café con leche y ese primer cigarrillo del día en el bar donde suelo desayunar a diario antes de marchar al trabajo.
En Madrid hubo manifestación convocada por el Partido de los No-Fumadores (¿?) en la Plaza de España bajo el lema “En defensa del fumador pasivo”. No sé cuántos partidarios asistirían al acto; no parecían muchos, por las brevísimas imágenes que dio la televisión. Pero algún participante joven era realmente agresivo y provocador: la cámara le siguió unos segundos mientras acosaba despiadadamente a un señor mayor que hasta entonces paseaba tranquilamente fumando un cigarrillo.
Hace unos años se promulgó una Ley Antitabaco que no me gustó un pelo, como tampoco me gusta pagar los impuestos que me imponen las leyes tributarias correspondientes. Pero soy cumplidor, acato las leyes y trato de cumplirlas. Tuve que eliminar de mi lista de restaurantes habituales unos cuantos que lucen desde entonces en la puerta el cartel de “prohibido fumar en el interior”. Y bien que lo sentí porque son restaurantes con excelentes caldos y viandas. Porque una buena comida, si no va rematada con un par de cigarrillos tras los postres, ya no es tan buena para mi gusto. Tampoco fumo en locales públicos cerrados ni en los privados de no fumadores. Pero hay restaurantes y cafeterías que, por sus reducidas dimensiones pueden acogerse a excepciones de la ley y permitir que se fume legalmente en su interior. Y ahí está el conflicto, según el PNF, porque los no fumadores se convierten en fumadores pasivos y protestan y exigen que se endurezca la ley.
¡Ay, que me da la risa!...
La guerra abierta en pro y en contra del tabaco es tan antigua como su traída a España desde América: mientras doctos catedrático de medicina escribían documentados tratados sobre las bondades del tabaco, la Iglesia prohibía fumar bajo pena nada menos que de excomunión a los sevillanos en 1642, y en 1696 el Sínodo de Tortosa prohibió el consumo de tabaco a los sacerdotes y miembros de la Iglesia, es decir a todo el orbe católico. Luego, en 1725, el Papa Benedicto XIII levantó las sanciones de sus antecesores y debieron formarse largas colas ante las puertas del cielo con todos los ex-excomulgados ahora redimidos de un plumazo. Porque para entonces fumar o tomar rapé se había convertido en un hábito social distinguido, y en el caso español, el monopolio de tabacos (lo que ahora es la Tabacalera ESA, pero que sus orígenes se remontan nada menos que a 1634) rendía pingües beneficios a las arcas reales.
Pero, acercándonos a nuestros tiempos, durante casi todo el siglo XX estuvo bien visto el hábito social del tabaco. Hacia finales de siglo, sin embargo, la cosa comenzó a cambiar: por una parte, los gastos médicos por enfermedades presuntamente provocadas por el tabaquismo comenzaban a equilibrar, cuando no a superar, lo recaudado con los impuestos sobre el tabaco; por otra, pero dándose la mano ambas, la medicina oficial comenzaba lanzar diatribas por los efectos nocivos de su consumo. Tanto los fumadores empedernidos como los fumadores pasivos ahora corren el grave riesgo de morir como chinches por culpa del tabaco.
De algo hay que morirse, que no va uno a durar eternamente. Dejando aparte la dudosa veracidad de los anatemas médicos (la Medicina es una de las Ciencias menos exactas que existe, de ahí que los antiguos la llamaran Arte, que no Ciencia), y como una constante contestación a sus catastróficas predicciones, lo cierto es que la esperanza de vida en los países desarrollados es cada vez mayor a pesar del tabaco, del estrés, de los humos del escape de los coches, de las industrias contaminantes, del “fast-food” y un largo etcétera.
A los fumadores pasivos más hipocondríacos les recordaría que vivimos inmersos en un mundo de radiaciones electromagnéticas cuyos efectos sobre los seres vivos nadie tiene interés en valorar por el momento. Muchos hasta llevamos nuestra propia regadera electromagnética en el bolsillo en forma de teléfono móvil, a veces cerca del corazón (órgano) y más a menudo a unos pocos milímetros del cerebro.
(Hoy estoy particularmente contento: a Trako le han concedido la beca que tanto desea)
En Madrid hubo manifestación convocada por el Partido de los No-Fumadores (¿?) en la Plaza de España bajo el lema “En defensa del fumador pasivo”. No sé cuántos partidarios asistirían al acto; no parecían muchos, por las brevísimas imágenes que dio la televisión. Pero algún participante joven era realmente agresivo y provocador: la cámara le siguió unos segundos mientras acosaba despiadadamente a un señor mayor que hasta entonces paseaba tranquilamente fumando un cigarrillo.
Hace unos años se promulgó una Ley Antitabaco que no me gustó un pelo, como tampoco me gusta pagar los impuestos que me imponen las leyes tributarias correspondientes. Pero soy cumplidor, acato las leyes y trato de cumplirlas. Tuve que eliminar de mi lista de restaurantes habituales unos cuantos que lucen desde entonces en la puerta el cartel de “prohibido fumar en el interior”. Y bien que lo sentí porque son restaurantes con excelentes caldos y viandas. Porque una buena comida, si no va rematada con un par de cigarrillos tras los postres, ya no es tan buena para mi gusto. Tampoco fumo en locales públicos cerrados ni en los privados de no fumadores. Pero hay restaurantes y cafeterías que, por sus reducidas dimensiones pueden acogerse a excepciones de la ley y permitir que se fume legalmente en su interior. Y ahí está el conflicto, según el PNF, porque los no fumadores se convierten en fumadores pasivos y protestan y exigen que se endurezca la ley.
¡Ay, que me da la risa!...
La guerra abierta en pro y en contra del tabaco es tan antigua como su traída a España desde América: mientras doctos catedrático de medicina escribían documentados tratados sobre las bondades del tabaco, la Iglesia prohibía fumar bajo pena nada menos que de excomunión a los sevillanos en 1642, y en 1696 el Sínodo de Tortosa prohibió el consumo de tabaco a los sacerdotes y miembros de la Iglesia, es decir a todo el orbe católico. Luego, en 1725, el Papa Benedicto XIII levantó las sanciones de sus antecesores y debieron formarse largas colas ante las puertas del cielo con todos los ex-excomulgados ahora redimidos de un plumazo. Porque para entonces fumar o tomar rapé se había convertido en un hábito social distinguido, y en el caso español, el monopolio de tabacos (lo que ahora es la Tabacalera ESA, pero que sus orígenes se remontan nada menos que a 1634) rendía pingües beneficios a las arcas reales.
Pero, acercándonos a nuestros tiempos, durante casi todo el siglo XX estuvo bien visto el hábito social del tabaco. Hacia finales de siglo, sin embargo, la cosa comenzó a cambiar: por una parte, los gastos médicos por enfermedades presuntamente provocadas por el tabaquismo comenzaban a equilibrar, cuando no a superar, lo recaudado con los impuestos sobre el tabaco; por otra, pero dándose la mano ambas, la medicina oficial comenzaba lanzar diatribas por los efectos nocivos de su consumo. Tanto los fumadores empedernidos como los fumadores pasivos ahora corren el grave riesgo de morir como chinches por culpa del tabaco.
De algo hay que morirse, que no va uno a durar eternamente. Dejando aparte la dudosa veracidad de los anatemas médicos (la Medicina es una de las Ciencias menos exactas que existe, de ahí que los antiguos la llamaran Arte, que no Ciencia), y como una constante contestación a sus catastróficas predicciones, lo cierto es que la esperanza de vida en los países desarrollados es cada vez mayor a pesar del tabaco, del estrés, de los humos del escape de los coches, de las industrias contaminantes, del “fast-food” y un largo etcétera.
A los fumadores pasivos más hipocondríacos les recordaría que vivimos inmersos en un mundo de radiaciones electromagnéticas cuyos efectos sobre los seres vivos nadie tiene interés en valorar por el momento. Muchos hasta llevamos nuestra propia regadera electromagnética en el bolsillo en forma de teléfono móvil, a veces cerca del corazón (órgano) y más a menudo a unos pocos milímetros del cerebro.
(Hoy estoy particularmente contento: a Trako le han concedido la beca que tanto desea)
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martes 12 de mayo de 2009
La salsa de la vida
Hoy salía en noticia de primera plana en algunos diarios españoles que se va a liberalizar la “píldora del día después”. No sólo se va a poder adquirir sin receta médica sino que se podrá vender en las farmacias a menores de edad. Los agoreros cenizos pronostican largas colas a las puertas de las farmacias. Yo no lo creo. Pienso, más bien, que la medida responde a una realidad social y podrá evitar más de un susto. Porque follar…, follar…, sin la bendición correspondiente, ¡vaya que si se folla! Tengo una sobrina boticaria que ha comentado más de una vez los enjuagues que ha de hacer los lunes para limpiar los polvos del fin de semana. Porque, querámoslo reconocer o no, para mucha gente joven un fin de semana sin sexo es la cosa más aburrida del mundo. Y para la menos joven, también, ahora que los pases de anuncios de la tele duran casi media hora.
O algo está fallando en el sistema educativo o está asomando una rebelión de las masas juveniles a las que, por lo que se ve y se oye, ya no les bastan los consuelos domésticos de toda la vida. No podía ser de otro modo en una sociedad tan erotizada como la nuestra en la que hasta para anunciar una gaseosa te ponen delante unas señoras despampanantes. Y eso, día a día, va calando. Así que no seamos tan cínicos como para no reconocerlo.
Hace muchos años que tengo asumido que la práctica del sexo es la salsa de la vida y que, según la edad y otros factores vitales, la vida se adereza con más o menos cantidad de esa salsa. Supongo que algunos se escandalizarán. ¡Qué le vamos a hacer...! La doble moral me produce risa, y la sociedad española tiene una gran experiencia en eso desde los tiempos de la Santa Inquisición, por lo menos. Sobre este tema en particular, en casa la santa madre de los hijos y en los bloques de apartamentos la querida. Me refiero a la clase pudiente, que es la que más se santigua en estos casos y más ruido mete.
Me ha venido a la cabeza una novela de Francisco Umbral, Memorias de un niño de derechas, de 1972, que describe muy bien algunos retazos de esa doble moral en la clase media y alta española. Recuerdo aquellos pasajes en los que habla del papel de las criadas jóvenes en las casas-bien como iniciadoras en el sexo de los “señoritos” adolescentes. Y de cómo, cuando el padre o el niñato le hacían un bombo a la chica (nunca se sabía quién a ciencia cierta), se la despedía por puta o, si no eran tan mala gente, la mandaban al pueblo a parir un bastardillo que nunca reconocerían, con algo de dinero para abrirse otro camino. Y buscaban otra criada joven, que las había a cientos. Y mientras tanto, los afortunados padres se frotaban las manos de contento mientras se decían: “¡El chico vale, el chico vale…!”
La gente no va a follar más porque tenga a mano la pastilla, ya lo veréis. Pero quizá los haga más a gusto…
O algo está fallando en el sistema educativo o está asomando una rebelión de las masas juveniles a las que, por lo que se ve y se oye, ya no les bastan los consuelos domésticos de toda la vida. No podía ser de otro modo en una sociedad tan erotizada como la nuestra en la que hasta para anunciar una gaseosa te ponen delante unas señoras despampanantes. Y eso, día a día, va calando. Así que no seamos tan cínicos como para no reconocerlo.
Hace muchos años que tengo asumido que la práctica del sexo es la salsa de la vida y que, según la edad y otros factores vitales, la vida se adereza con más o menos cantidad de esa salsa. Supongo que algunos se escandalizarán. ¡Qué le vamos a hacer...! La doble moral me produce risa, y la sociedad española tiene una gran experiencia en eso desde los tiempos de la Santa Inquisición, por lo menos. Sobre este tema en particular, en casa la santa madre de los hijos y en los bloques de apartamentos la querida. Me refiero a la clase pudiente, que es la que más se santigua en estos casos y más ruido mete.
Me ha venido a la cabeza una novela de Francisco Umbral, Memorias de un niño de derechas, de 1972, que describe muy bien algunos retazos de esa doble moral en la clase media y alta española. Recuerdo aquellos pasajes en los que habla del papel de las criadas jóvenes en las casas-bien como iniciadoras en el sexo de los “señoritos” adolescentes. Y de cómo, cuando el padre o el niñato le hacían un bombo a la chica (nunca se sabía quién a ciencia cierta), se la despedía por puta o, si no eran tan mala gente, la mandaban al pueblo a parir un bastardillo que nunca reconocerían, con algo de dinero para abrirse otro camino. Y buscaban otra criada joven, que las había a cientos. Y mientras tanto, los afortunados padres se frotaban las manos de contento mientras se decían: “¡El chico vale, el chico vale…!”
La gente no va a follar más porque tenga a mano la pastilla, ya lo veréis. Pero quizá los haga más a gusto…
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jueves 16 de abril de 2009
Un paseo por el Albayzín de Granada
El Albayzín es el barrio con mayor personalidad de la ciudad de Granada, la capital del último reino musulmán en España. Siempre que viajo a Granada por motivos profesionales me gusta alojarme en el Carmen de la Victoria, la residencia de la Universidad para profesores invitados, en el Albayzín. El carmen es una delicia para los sentidos. Desde sus jardines de traza romántica uno puede disfrutar de una hermosa vista de la fortaleza y los palacios de la Alhambra y los jardines del Generalife.
Subir la empinada Cuesta del Chapiz es ascender hacia el corazón del Albayzín e internarse en la maraña de callejuelas de este barrio popular impregnado de espíritu moruno y calé. Aunque totalmente cristianizado tras la toma de la ciudad por las tropas de los Reyes Católicos, no es difícil reconocer en los campanarios los minaretes de las antiguas mezquitas y en el quiebro contante de sus callejones la llamada a los principios coránicos acerca de la finitud de lo humano.
Aunque ciertas zonas del Albayzín suelen ser muy frecuentadas por los “guiris” (es la forma coloquial de llamar en Andalucía a los turistas extranjeros), hay momentos de la mañana en los que la calma se extiende por doquier y uno puede curiosear por los mercadillos instalados en recónditas plazuelas o charlar de lo mal que va el negocio con el dueño de alguna taberna todavía medio adormecida, en penumbra, mientras saborea un café mañanero y un cigarrillo.
Espero que os guste el reportaje.
Subir la empinada Cuesta del Chapiz es ascender hacia el corazón del Albayzín e internarse en la maraña de callejuelas de este barrio popular impregnado de espíritu moruno y calé. Aunque totalmente cristianizado tras la toma de la ciudad por las tropas de los Reyes Católicos, no es difícil reconocer en los campanarios los minaretes de las antiguas mezquitas y en el quiebro contante de sus callejones la llamada a los principios coránicos acerca de la finitud de lo humano.
Aunque ciertas zonas del Albayzín suelen ser muy frecuentadas por los “guiris” (es la forma coloquial de llamar en Andalucía a los turistas extranjeros), hay momentos de la mañana en los que la calma se extiende por doquier y uno puede curiosear por los mercadillos instalados en recónditas plazuelas o charlar de lo mal que va el negocio con el dueño de alguna taberna todavía medio adormecida, en penumbra, mientras saborea un café mañanero y un cigarrillo.
Espero que os guste el reportaje.
lunes 23 de marzo de 2009
Otra vez a vueltas con el aborto
El Estado y la Iglesia están de nuevo a la greña en España por la nueva ley sobre el aborto que el Gobierno pretende sacar adelante. ¿El punto más polémico ahora?, que una mujer embarazada de más de 16 años de edad pueda decidir libremente, sin consultar con sus padres, si aborta o no dentro de los plazos de gestación establecidos. Con la ley actual es a partir de los 18 años.
Pienso que la decisión de abortar es una tremenda decisión que compete exclusivamente a quien ha de tomarla, por lo que debería pedir consejo antes de hacerlo. Nunca he sido partidario del aborto indiscriminado, pero me revientan las posturas farisaicas prohibicionistas que tanta alharaca promueven. La moral sexual de la sociedad “civilizada” occidental, sobre la cual ha influido decisivamente el cristianismo imperante, se basa en restricciones y tabúes irracionales cuyo fin último, a mi entender, es la autodefensa de unos determinados valores considerados “universales” mediante la coacción punitiva. Además, esa moral (que ni es única ni tiene por qué ser la mejor) contradice en muchos puntos a las fuerzas de la Naturaleza.
La Naturaleza, ignorando olímpicamente los mandatos divinos y sociales al uso, hace que las personas normalmente desarrolladas sean fértiles para la procreación a los 12 o 13 años de edad. Más aún: es en los primeros años cuando el organismo está mejor preparado para esa tarea. Pero la sociedad actual no puede permitírselo, así que a aguantarse tocan y que cada cual se resuelva el tirón de la hormona como mejor pueda pero siempre bajo la mirada inquisitorial de unos mayores que han olvidado que algunos años fueron pubertos (o hacen como que lo olvidan), blandiendo amenazadores las penas de un Infierno inventado a su medida.
En las sociedades tribales primitivas, tan apegadas a la Madre Naturaleza, cuando llegaba la pubertad organizaban una gran fiesta, un rito de paso, porque los pubertos iniciaban su ingreso en el mundo de los adultos. Además de someterse a los rituales iniciáticos, el ya iniciado debía demostrar con alguna acción o hazaña (de caza, guerrera o de otro tipo) que había dejado de ser niño. Y se preparaba para formar su propia familia. Nada queda de aquello en la sociedad moderna, salvo que llamemos rito iniciático al calvario del bachillerato o a las ñoñas puestas de largo de las quiceañeras de las casas bienestantes.
¿Y del sexo, qué? Leía hace unos días en el periódico que la juventud española estrenaba sus relaciones sexuales completas cada vez más temprano. Se decía, creo recordar, que a los 16 años por término medio, aunque hablaba de bastantes precoces de 14 años. Si las cosas son así, no parece que hayan cambiado mucho de cuando yo era jovenzuelo, hace de eso muchos años. Entonces, en mi pueblo, cuando uno cumplía los 16 era habitual un primer desahogo con alguna meretriz de la capital, a poder ser francesa, para ir abriendo boca. Pero volvamos a la actualidad. Así, pues, parece darse “de facto” una clara rebelión de las masas púberes y adolescentes contra las normas establecidas. ¿Quién es tan corto de vista que no percibe la alta probabilidad de un embarazo no deseado a esa edad, a pesar de los repartos masivos de preservativos? ¿Qué sociedad es tan farisea que no reconoce que sus métodos educativos para una sexualidad bien entendida y practicada hacen agua por los cuatro costados? ¿Quién es el inocente que sigue pensando que la solución está en la continencia y la castidad? ¿Qué moralina es aplicable a un embarazo no deseado que puede destrozar toda una vida?
Hace ya muchos años, poco antes de la primera ley del aborto de 1985, ayudé a una pareja de jóvenes que había tenido un desliz. Él, estudiante de medicina (¡ojo al dato!); ella, de arquitectura (al parecer llevaba mal las cuentas). Pasamos muchas horas reflexionando en común. Al final decidieron marchar a Londres a abortar, como hacían entonces las parejas en similares circunstancias. Siguieron juntos algún tiempo más y luego cada cual encontró caminos nuevos. Hoy viven sus vidas con normalidad, hasta donde yo sé. Supongo que la Iglesia me habrá excomulgado por ayudarles a viajar a Londres, pero no es algo que me preocupe en modo alguno a la vista de cómo la Iglesia ha manejado la pena de excomunión a lo largo de su historia. La “cagada” más reciente ha sido el levantamiento de la excomunión por el Papa actual al fundamentalista y rebelde Monseñor Lefebvre, excomulgado por Juan Pablo II. ¡Como para tomárselo en serio!...
No me gusta el aborto. Aunque no soy capaz de ponerme en la piel de una muchacha embarazada sin desearlo (por mucho que le guste la música del órgano) que pide ayuda, tampoco soy capaz de esconder la mano y responder con anatemas. A veces el fin justifica los medios, como bien saben los políticos y los eclesiásticos aunque ninguno lo reconozca. Pero la Historia bien aprendida lo demuestra.
Pienso que la decisión de abortar es una tremenda decisión que compete exclusivamente a quien ha de tomarla, por lo que debería pedir consejo antes de hacerlo. Nunca he sido partidario del aborto indiscriminado, pero me revientan las posturas farisaicas prohibicionistas que tanta alharaca promueven. La moral sexual de la sociedad “civilizada” occidental, sobre la cual ha influido decisivamente el cristianismo imperante, se basa en restricciones y tabúes irracionales cuyo fin último, a mi entender, es la autodefensa de unos determinados valores considerados “universales” mediante la coacción punitiva. Además, esa moral (que ni es única ni tiene por qué ser la mejor) contradice en muchos puntos a las fuerzas de la Naturaleza.
La Naturaleza, ignorando olímpicamente los mandatos divinos y sociales al uso, hace que las personas normalmente desarrolladas sean fértiles para la procreación a los 12 o 13 años de edad. Más aún: es en los primeros años cuando el organismo está mejor preparado para esa tarea. Pero la sociedad actual no puede permitírselo, así que a aguantarse tocan y que cada cual se resuelva el tirón de la hormona como mejor pueda pero siempre bajo la mirada inquisitorial de unos mayores que han olvidado que algunos años fueron pubertos (o hacen como que lo olvidan), blandiendo amenazadores las penas de un Infierno inventado a su medida.
En las sociedades tribales primitivas, tan apegadas a la Madre Naturaleza, cuando llegaba la pubertad organizaban una gran fiesta, un rito de paso, porque los pubertos iniciaban su ingreso en el mundo de los adultos. Además de someterse a los rituales iniciáticos, el ya iniciado debía demostrar con alguna acción o hazaña (de caza, guerrera o de otro tipo) que había dejado de ser niño. Y se preparaba para formar su propia familia. Nada queda de aquello en la sociedad moderna, salvo que llamemos rito iniciático al calvario del bachillerato o a las ñoñas puestas de largo de las quiceañeras de las casas bienestantes.
¿Y del sexo, qué? Leía hace unos días en el periódico que la juventud española estrenaba sus relaciones sexuales completas cada vez más temprano. Se decía, creo recordar, que a los 16 años por término medio, aunque hablaba de bastantes precoces de 14 años. Si las cosas son así, no parece que hayan cambiado mucho de cuando yo era jovenzuelo, hace de eso muchos años. Entonces, en mi pueblo, cuando uno cumplía los 16 era habitual un primer desahogo con alguna meretriz de la capital, a poder ser francesa, para ir abriendo boca. Pero volvamos a la actualidad. Así, pues, parece darse “de facto” una clara rebelión de las masas púberes y adolescentes contra las normas establecidas. ¿Quién es tan corto de vista que no percibe la alta probabilidad de un embarazo no deseado a esa edad, a pesar de los repartos masivos de preservativos? ¿Qué sociedad es tan farisea que no reconoce que sus métodos educativos para una sexualidad bien entendida y practicada hacen agua por los cuatro costados? ¿Quién es el inocente que sigue pensando que la solución está en la continencia y la castidad? ¿Qué moralina es aplicable a un embarazo no deseado que puede destrozar toda una vida?
Hace ya muchos años, poco antes de la primera ley del aborto de 1985, ayudé a una pareja de jóvenes que había tenido un desliz. Él, estudiante de medicina (¡ojo al dato!); ella, de arquitectura (al parecer llevaba mal las cuentas). Pasamos muchas horas reflexionando en común. Al final decidieron marchar a Londres a abortar, como hacían entonces las parejas en similares circunstancias. Siguieron juntos algún tiempo más y luego cada cual encontró caminos nuevos. Hoy viven sus vidas con normalidad, hasta donde yo sé. Supongo que la Iglesia me habrá excomulgado por ayudarles a viajar a Londres, pero no es algo que me preocupe en modo alguno a la vista de cómo la Iglesia ha manejado la pena de excomunión a lo largo de su historia. La “cagada” más reciente ha sido el levantamiento de la excomunión por el Papa actual al fundamentalista y rebelde Monseñor Lefebvre, excomulgado por Juan Pablo II. ¡Como para tomárselo en serio!...
No me gusta el aborto. Aunque no soy capaz de ponerme en la piel de una muchacha embarazada sin desearlo (por mucho que le guste la música del órgano) que pide ayuda, tampoco soy capaz de esconder la mano y responder con anatemas. A veces el fin justifica los medios, como bien saben los políticos y los eclesiásticos aunque ninguno lo reconozca. Pero la Historia bien aprendida lo demuestra.
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